
En noviembre del año 1930, yo cumplí los 6 años. A mi hermano Antonio se le ocurrió la idea de que no era justo que yo jugara libremente en la hora de la siesta, cuando mis padres dormían un par de horas para recuperar algo de energías, después del arduo trabajo de toda la mañana, previo madrugón.
No...¡no era justo! que él (11 años) y mi hermana Isabel,( 8 años) cuando llegaban de la escuela, después de almorzar, tenían que dedicarse a hacer las tareas que presentarían al día siguiente.
Eso sucedía en temporada de escuela, pero ahora que estaban de vacaciones tenían que idear algo para cambiar esa situación, porque las clases empezarían dentro de poco. Y la idea surgió. Mis hermanos no iban a permitir que yo holgazaneara y jugara todo el tiempo mientras ellos <"POBRECITOS"> se martirizaban con el estudio, de modo que, en astuta complicidad, decidieron extorsionarme.
Si yo no estudiaba con ellos, cualquiera de los dos cometería una maldad, me echarían las culpas a mí, mis padres les creerían a ellos porque eran dos contra uno y se apoyarían mutuamente.
Inocentemente les pregunté que maldades harían y la respuesta me horrorizó.
Podian cortarle el rabo al perro, destripar al gato, abrir el gallinero para que las gallinas destrozaran el sembrado, soltar el caballo al camino para que no lo encontraran nunca más o cualquier otra perrería digna de tener en cuenta.
Dando crédito a semejantes atrocidades no tenía más opción que obedecer lo impuesto por mis hermanos.A mi madre le pidieron que comprara un cuaderno y un lápiz, porque "se me había ocurrido que ellos me enseñaran a escribir", y ella lo creyó.
Comenzó, para mi, una escuela apócrifa, apremiante, con un cuaderno, un lapiz, y una goma de borrar. Una maestra ( Isabel ) y un director( Antonio) que además era corrector y encargado de imponer las penitencias para mantener el respeto y la obediencia. Después me dí cuenta que así imponían el orden en la escuela y ellos emulaban el proceder.
Pero yo no era ni mansa ni muy obediente y con berrinches de rebeldía queria abandonar mi aprendizaje (o como se llamase esa situación) y dedicarme a mis juegos, pero mis hermanos no cejaban en su intento. Isabel, poniendo el dedo índice en sus labios en señal de silencio...Shhii y Antonio preguntando ¿ quieres ver sin rabo al perro o despanzurrado al gato? y con esos argumentos más que convincentes, llorando mi rabia y mi impotencia, volvía a ocupar mi lugar de alumna.
Así pasaron los tres meses de vacaciones y en pocos días más comenzarían las clases.
Nunca pude explicarme como en tan poco tiempo mis ( "maestros" )hermanos, lograron que yo aprendiera a escribir y leer de corrido, lo que me permitió comenzar la escuela con un año menos del permitido para el ingreso. Mi madre habló con el director y previa prueba de algunas preguntas sobre letras y números me aceptaron.
Mis hermanos lograron lo que se habían propuesto; que yo hiciera mis tareas en la
siesta junto a ellos. Pero de aquella experiencia yo obtuve algunas ventajas, una,
que me aceptaran anticipadamente en la escuela y otras, que contaré en mi próximo
relato para no cansarlos al ser tan extenso.
Juliana Gómez Cordero