
En realidad,no es que vuelven,es que siempre están al alcance de mi mano.Yo diría que me acompañan y me rodean siempre como si no quisieran separarse de mis pensamientos.
Me veo niña, con la sensación de que soy mas niña aún de lo que aparento; a veces portando una excesiva timidez, con sonrojos inoportunos por nimiedades sin motivos aparentes como ser el elogio obligado de alguna persona conocida de mis padres "¡que bonita niña" o “ Ya pareces una señorita” y yo enmudecía ante el cumplido con las mejillas rojas y un calor intenso, inevitable.
Pero no siempre era así. Estando sola me sentía bien y más aún cuando estaba con mis hermanos o mis amiguitas de la escuela , era una niña como todas, corriendo, jugando, pensando en cometer alguna travesura,inventada por mí, o colaborando con quién hubiese sido el o la ocurrente de turno.
¡Mira juliana, lo que llevo en el bolsillo!- La que así habló era Sara, una niña algo menor que yo, muy amiga mía, con quién los domingos íbamos a misa juntas, y en la inconsciencia de la niñez nos dedicábamos a hacer pillerías, prestando muy poca atención a las palabras del sacerdote e incluso a la misa, obviando el simbolismo propio de la misma (espero que Dios nos haya perdonado) ¡éramos tan pequeñas!.
Lo que Sara llevaba en su bolsillo era un alfiler de gancho y me explicó lo que se proponía hacer con dicho alfiler.
Había dos hermanas, Lucía y Juana que siempre se sentaban juntas y seguían las alternativas del Santo Oficio con dedicación y respeto (como debe ser )Eran dos señoras mayores y los Domingos, infaltables a misa…
La maquiavélica idea de mi amiga Sara era que, sentadas en el asiento de atrás de ellas, cuando se arrodillaran, nosotras,( con mucho disimulo)uniríamos los dos vestidos con el alfiler para que, cuando en el eucarístico momento de ir a recibir el Santo Sacramento, al incorporarse, se encontraran sujetas. Y gozábamos de antemano, al imaginar la expresión de asombro en sus rostros al descubrir el enganche de sus faldas.
Era nuestra intención, una vez cometido el estropicio, alejarnos sigilosamente a otro lugar y presenciar de lejos, el resultado que dábamos por logrado. Pero no contábamos con la continua y pertinaz atención de la celadora encargada del orden y la disciplina en el recinto, vigilante a cada movimiento, en especial de los niños y niñas, dispuestos siempre a las más astutas transgresiones, habidas y por haber.
En esta ocasión fuimos nosotras las sorprendidas. Justo en el momento que íbamos
a clavar el alfiler, sendos tirones de pelo nos dejaron petrificadas, y una voz muy queda pero cortante en nuestros oídos.... “En diez minutos las espero en la sacristía”
¡Hay Dios! ¡ En que lío nos metimos! Miramos en derredor y nadie parecía haberse dado cuenta del episodio, lo que nos tranquilizó algo, pero llegamos a la sacristía pálidas y jadeantes, encontrando a Clotilde (así se llamaba la celadora) con los brazos en jarra y cara de pocos amigos, que nos dijo .
Ya que la misa no parece interesarle a las señoritas, quizás les resulte mas interesante ver limpios los patios que, hoy por ser Domingo, nadie hace ese trabajo, una con la escoba y la otra con la fregona , quiero verlos brillar como un espejo.
Y agradezcan que por esta vez, no diré nada al padre José y tampoco a sus mamás para evitarles el castigo.
Ah! y no se olviden de confesarse el Sábado para comulgar el próximo Domingo con la conciencia en paz, y el perdón de Dios.
Juliana Gómez Cordero